martes, 18 de marzo de 2014

Resonancias

No es fácil ser cronopio. Lo sé por razones profundas,
por haber tratado de serlo a lo largo de mi vida;
conozco los fracasos, la renuncias y las traiciones.
Ser fama o esperanza es simple, basta
con dejarse ir y la vida hace el resto.
Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela,
contradanza, contratodo, contrabajo,
contrafagote, contra y recontra,
cada día contra cada cosa
que los demás aceptan y tienen fuerza de ley.
Julio Cortázar.

A veces nos arremeten ciertos estados de ánimo que parecieran inexplicables y más bien no lo son.  Se aparecen de repente cuando uno se da cuenta de que todavía no encuentra su verdadero lugar cósmico dentro del entramado de la vida, o cuando se admite que el miedo principal de todo ser humano, el miedo a la nada, a la desaparición, a la muerte, está allí, agazapado tras la cotidianeidad, para recordarnos la inexorabilidad del ser. Entonces uno se pregunta si en verdad está haciendo lo correcto, si de verdad existe esa red que une todas las cosas para darle algún sentido a nuestra existencia. He descubierto que soy una cronopia, y esa certeza me da una tregua.  Cronopio es un concepto acuñado por Julio Cortázar para designar a los seres portadores de eros y libertad, que tienen el corazón bondadoso y son seres tibios, desordenados, tristes. La ternura que le inspiran a su autor se contagia fácilmente a los lectores. Los relatos de cronopios, suelen ser sutilmente melancólicos, amables pero incisivos, rasgos que el estilo comparte con ellos mismos. Son también congénitamente  optimistas, irrealistas, innovadores y despreocupados. Y sí, casi todo eso me acomoda. A lo mejor no soy yo, sino la resonancia mórfica, tema desarrollado por Rupert  Sheldrake en su obra  A New Science of Llife. El autor es un bioquímico de fama mundial que rechaza el esquema del universo mecánico y cree en la existencia de una memoria colectiva dentro de las especies. Este planteamiento revolucionario ha supuesto una auténtica conmoción en el mundo científico y académico. Muchos lo han definido como un buen candidato para quemar en la hoguera. Por eso me encanta. Él dice que cuando los químicos, por ejemplo, consiguen que un determinado producto cristalice en una parte del mundo, resulta más sencillo cristalizarlo en cualquier otro lugar. Después de que las ratas de un laboratorio en Harvard aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de Melbourne (Australia) escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar. ¿Por qué y cómo? El doctor Sheldrake denomina a este proceso  resonancia mórfica, una expresión con la que se refiere al modo en que formas y conductas de organismos pasados influyen sobre organismos presentes. O como diría McLuhan, otro candidato idóneo según sus detractores, para tal fin abrasador "el mundo de la mecánica cuántica, de la nueva física, representa un cosmos en el cual no hay conexiones sino sólo intervalos resonantes, como en el tacto.Cuando se toca algo, no se hacen conexiones sino que se crea resonancia. El mundo actual, donde los cambios tienen lugar a la velocidad de la luz, es el mundo del intervalo resonante, del tacto, de la actitud mágica hacia el lenguaje, producida delicadamente por el oído". ¿Por qué menciono esto? Porque a lo mejor los cronopios que deambulamos por el planeta, somos producto de una resonancia mórfica (señoras y señores, no estamos solos), y esos estados de melancolía, esa manera de ser portadores de eros y libertad, esa ensoñación, esa forma naif de relacionarnos con el entorno, de creer en los peces de colores y en la paz universal, sí son una certeza del entramado divino (ya ves padre que no creo en las victorias pírricas). Una afirmación de que el mundo está lleno de seres diversos y que no todos podemos ser santos o hijos de la chingada. En mi texto anterior mencioné algo de Saidi Ahuerma:  Las  experiencias y vivencias de cada ser son diferentes, únicas y originales, porque es única su órbita y las circunstancias que determinan cada instante de su transcurrir sólo a él le pertenecen, eslabones de la trama de causas y efectos que él mismo ha creado.  Si es así, entonces… ¿Soy absolutamente responsable de TODO lo que me sucede? Caray, ese sí que es un bulto grande para cargar. Quiero creer que soy la causa de tan sólo una pequeña parte, pues a veces la vida nos da unas bofetadas tremendas y no me considero secuaz del marqués de Sade. Admitiendo que me gusta estar en el borde de la ola y en ciertos períodos el universo me trata como una diosa. Tal vez la resonancia mórfica hace que a veces la nostalgia se  trepe como una enredadera a la cual yo no invité a pasar hasta la cocina, sino que en algún lugar, dentro de la red-mátrix, todos estemos viviendo algo similar, en forma de pregunta sin respuesta, en forma de algoritmo para resolver, en forma de un laberinto. O a lo mejor se trata de una especie de combustible galáctico (me acordé de vos Simona) que nos da la materia prima para que nuestros motores sensoriales-emocionales-espirituales funcionen y nos permitan,  simple y llanamente CAMINAR.





domingo, 9 de marzo de 2014

De libros y órbitas

El día se anunciaba soleado, así que se me antojó dar una vuelta por la Alameda de la ciudad. Entre los árboles, la luz matinal se filtraba como un poema. Al posarse sobre el césped recién cortado y reflejarse en los troncos, me regalaba una imagen de sutil belleza. Podría ser un pedacito de cualquier bosque susurrante, o aquel jardín en donde uno quisiera reposarse de las fatigas de ciertos viajes, apoyado en un mantel de cuadros, con una canasta de viandas y un buen libro. Pasé frente al lago para sentarme en una de las bancas predilectas, aquella que está frente a la “casa de mi obsesión”. Aún no le puse nombre. Dicen que años atrás fue una escuela de música y que hay fantasmas en ella. Me llama siempre. Es como un imán. Al ver ese huerto abandonado, dan ganas de arremangarse la blusa y los pantalones para arreglarlo hasta que vuelva a vivir. La casa está vacía y la rentan. Su precio, sobrepasa completamente mis posibilidades. Si pudiera habitar allí, me sentaría en la galería redonda, con la certeza de que llegaría una nube de visiones a posarse en mi cabeza, como un enjambre. Y llenaría el jardín de flores perfumadas.  Suspirando, regresé a la realidad y noté a unos policías levantando multas. Volví  al automóvil.  Avanzando entre el tráfico por la calle Purcell,  la sincronicidad hizo que me detuviera en una librería de usados, llamada “Rodríguez”. Ya hacía rato que tenía ganas de conocer ese lugar. Visto desde afuera, es un local pequeño, pero al entrar me llevé una gran sorpresa. Una fila interminable de textos, un señor de cabellos blancos que leía tras un escritorio. Otro sentado frente a él, con una coleta trenzada de pelo también níveo. Conversaban sobre los símbolos, una cierta traducción y los estados modificados de conciencia. Comencé recorriendo los anaqueles mientras el coloquio de estos individuos se desarrollaba en el fondo, como parte de la ambientación que sólo quien es bibliófilo sabe que es posible encontrar en un sitio como este. Al principio, me concentré en los ejemplares. Abrí casualmente un libro de Ángeles Mastretta, El cielo de los leones y encontré la cita “No temas al instante”. Lo coloqué sobre el escritorio del dueño y seguí explorando. Encontré  Del Ser y su manifestación en el arte, de Saidi Ahuerma. También lo abrí al azar, aplicando la bibliomancia que tanto me gusta y encontré lo siguiente: El ser humano es un verdadero y complejo acumulador y transformador de la energía cósmica, no es solamente un  canal por el cual la energía pasa, sino que dentro de él se elaboran procesos de gran complejidad, que pueden dar formas diversas a la energía que él recibe como rayo invisible y también como alimento. La trayectoria de cada ser es diferente y única. Y se cumple a través de los períodos de vida y no vida. Las  experiencias y vivencias de cada ser son diferentes, únicas y originales, porque es única su órbita y las circunstancias que determinan cada instante de su transcurrir sólo a él le pertenecen, eslabones de la trama de causas y efectos que él mismo ha creado. Me atrajo de inmediato y lo puse en la pila sobre el escritorio. El señor de la coleta se retiró. Después de un rato, en el cual fui por el termo con café que traía en el auto, me di cuenta de que en un día sería imposible ver todos esos volúmenes. Entonces acercándome al dueño le dije: Que lindo trabajo tiene usted caballero. Y de ahí comenzó una conversación que se prolongó lo suficiente para descubrir que este personaje, llamado Rufino, maneja todo un universo personal de vivencias increíbles, que se relacionan con los petroglifos, los campamentos bajo las estrellas, las pinturas rupestres, las piedras y su historia. Rufino me mostró decenas de fotografías de los petroglifos de Coahuila. Observé encantada la maravilla de los diseños, algunos psicodélicos, otros figurativos, otros poseedores de una armonía y una estética resonante, arquetipos atávicos llenos de conocimientos, conceptos, anhelos y manifestaciones creativas, poseedores de un aura de misterio, plasmado perennemente con un signo de interrogación. Una herencia descomunal. Al rato, llegó  Ariel, otro personaje de la librería, quien inmediatamente se puso unos guantes y comenzó a manejar los ejemplares como si lo hiciera de toda la vida. Por primera vez desde que estoy en esta ciudad, me sentí como en casa. Es tan apaciguador encontrar una dársena donde anclar por un momento los afanes. Me imaginé estar frente al señor Sempere, entrañable protagonista de La Sombra del Viento. En ese texto aparece un lugar llamado El Cementerio de los libros Olvidados, un sitio que todo lector anhela en su imaginación y que tal vez de verdad existe, en cualquier ciudad del mundo, llámese Saltillo o Barcelona. Me gusta conjeturar que está muy cerca, tal vez Rufino sabe. Tal vez se encuentra en la casa de mis desvelos, mi obsesión, aquella con ventanas góticas que ofrece su fachada frente a la Alameda de la ciudad, que aparece vacía por fuera pero donde tal vez, las presencias y fantasmas esperan a que llegue alguien, abra la puerta de cristal y descubra en su interior esa metafórica alhaja: la imaginación desbocada, la fe y  la alegría de los buscadores de ese tesoro sin nombre, en forma de libro, de caramelo, de amor, de música y partitura, de Dulcinea, de Eros, de jazmines y gardenias, de imanes, de piedra labrada, de noches estrelladas, de inspiración, de rayos invisibles y de órbitas, que de una forma u otra todos vamos buscando en nuestras andanzas.








lunes, 9 de diciembre de 2013

Sonémbulos

Entonces le entró un gran miedo en el alma,
creyó que había pasado de una ceguera a otra,
que  habiendo vivido en la ceguera de la luz,
ahora iría a vivir en la ceguera de las tinieblas.
« Creo que no nos quedamos ciegos,
creo que estamos ciegos.
Ciegos que ven. Ciegos que viendo no ven ».
 José Saramago, Ensayo sobre la Ceguera.


Con ganas de despejarme un poco, salí a dar una vuelta por el campo. Me detenía de a ratos a tomar fotos en lugares solitarios, un conjunto de órganos, unas ruinas, una cancha de fútbol,  una escuela primaria, unos mezquites, una tiendita de abarrotes junto a un  polvoriento sendero, un Centro de Salud con los vidrios rotos. El camino serpenteaba en la sierra. Cerca de la metrópoli, a escasos 25 kilómetros, se encuentra el rancho El Vaquero. Distinguí en una de las curvas de la carretera una silueta. Al acercarme, constaté que se trataba de un campesino del desierto. Sombrero, costal al hombro, mirada fuerte. Me pidió aventón. Voy para la ciudad, me dijo. Súbase. Este personaje cuyo nombre es Ramón Loera, hablaba mientras yo conducía para llevarlo a su destino.  Es muy triste la situación  ahora, dijo el señor. El clima de los últimos años ha afectado muchísimo la cosecha, que si llueve mucho, que si no llueve. El gobierno no ayuda al campo, quieren desaparecerlo, ya ni cultivamos nuestros propios alimentos. Andamos trayendo el maíz de otros lados y viera que sí tenemos agua, esta tierra es muy noble y nos da para sobrevivir. El problema es que andamos como sonémbulos, caminamos en la oscuridá. Hace mucho tiempo, allá por el sur, unos indios mayas dijeron, antes de desaparecer, que en estos años de negruras, llegará un rayo muy fuerte que nos volverá ciegos pero al mismo tiempo nos ayudará a salir de las tinieblas. Ya la gente anda bien perdida, no sabe qué hacer ni pa dónde jalar. Andamos tristes y yo espero, si dios me da licencia, estar en ese momento y no quedarme ciego con esa luz, ya que se trata de otra oportunidá para seguir adelante. Y todo eso ya estaba escrito en las leyes de la madre naturaleza, así lo que está sucediendo es algo necesario. Descubrí junto con otros ejidatarios, una cueva donde había unas calaveras muy antiguas, de esos indios que vivían antes por aquí, en ese lugar hay muchas de esas columnas de piedra que se forman con el agua y hay un río subterráneo que tiene una corriente muy fuerte. Nosotros quitamos los huesos y una piedra muy grandota que luego nos dimos cuenta que se trataba de un ídolo que cuidaba la entrada de la cueva. Removimos los huesos y los fuimos a enterrar al panteón. Yo creo que sería bonito si muchas gentes vinieran para conocer y saber más de los antiguos, pero también siento que todavía no es el tiempo, pues si andamos sonémbulos, a lo mejor se va a destruir todo, así como le hicimos nosotros por ignorantes pues al principio no sabíamos y removimos eso que ahora creo era algo como un templo sagrado. Encontramos unas cuentas de collares de color amarillo y verde y unos copales de esos que se usan para prender fuego, pero como no sabíamos, pues destruimos al ídolo y ahora mejor yo quiero estudiar y prepararme para saber de qué se trata y no echarlo a perder. A lo mejor todavía no es el momento de dar a conocer la gruta. De seguro los políticos nomás van a querer sacarle provecho y yo digo que mejor lo organizamos nosotros, y no se trata nada más de dinero, sino de cuidarlo. Yo me quedé solito en el mundo, se me murió mi mujer y los hijos ya ni vienen.  Pero viera que cuando ando en el monte, como que los árboles, los nopales, los pájaros y las nubes me hacen sentir que no estoy triste. Encambio hay otros en el rancho que nomás quieren tener sus camionetas y tomar cerveza, ir a los bailes y meterse con mala gente, a ver si con la fiesta se les quitan sus miserias. Usté güera, dígame que anda haciendo por estos rumbos, preguntó Don Ramón.  Yo le contesté que me gusta hacer retratos del mundo,  que también el cielo cristalino,  las nubes y los pájaros me hacen sentir siempre bien. Y que espero no ser una sonémbula, por eso salgo a dar la vuelta cada vez que puedo, para sentirme parte de eso. Bueno, dijo Don Ramón, pos yo aquí me bajo, muchas gracias y que tenga usté muchas bendiciones. El campesino, como una encarnación de Jacinto Cenobio, se fue caminando despacio, en medio del tráfico, avanzando hacia el puente peatonal. Continué manejando  rumbo a la casa, con los dedos chispeantes y con unas ganas locas de llegar para contar esta historia.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Kronos y Kairos

 Yo sé de las estrellas que hay que navegar para seguir
Y de los caminos que se abren
Y sé que de tus pasos está lleno el corazón.
Rocío Barragán, fragmento

He pasado un largo período esperando que se volviera a llenar la fuente para garrapatear y continuar con estas Cartas desde Real, que se quedaron suspendidas mientras mi atención se centraba en otras cosas, como vivir por ejemplo.  Ahora regreso escribiendo desde las entrañas de una ciudad mediana del norte de México, en un día helado pero con sol. El cielo es tan cristalino, que casi se pueden tocar las nubes y las tonalidades plomizas me recuerdan un poco esos estados de melancolía que a todos nos agarran por momentos, a veces inesperadamente. Tendré que cambiar el nombre del blog. Ya pensaré algo.  Cuando me veo en este entorno, rodeada de máquinas, cemento, autos, carreteras, fábricas, chimeneas enormes arrojando humo negro, supermercados, camiones de basura, distribuidores viales, antenas, cines y gente pidiendo limosna, me acuerdo de las espinas que protegen plantas hermosas y delicadas allá en el desierto. Cuando siento en  la piel de mi rostro el viento frío, trato de escuchar los cánticos antiguos que me susurraban las serpientes,  preguntándome ¿Cuál es mi finalidad ahora? Vine a este sitio motivada por resortes internos: un espejismo de amor, un mejor futuro para mis hijos, unas ganas de conocer gente nueva, de trasmutar el presente. He estado intentando encontrar quien soy aquí, porque se me ha movido el tapete grueso.  Me he caracterizado en diferentes personajes a lo largo de la vida. He sido una gran navegante y lo digo así, sin modestia. Uno paga un precio cuando se decide a ser aventurero, así que tengo el alma y el cuerpo lleno de cicatrices. Como todos nosotros, he tenido que ser mi propia sanadora. Me sigue gustando despeinar las ideas y continuar adelante en el tiempo.
El concepto del tiempo, el kronos,  es el tiempo medible al que estamos acostumbrados cuando miramos el reloj, el que nos mantiene esclavos de los apegos, el que nos hace temerle al tic tac que resuena en los oídos como un martillo inexorable en esta casa citadina, el que nos llena de arrugas y de experiencia. Por su parte,  el kairos,  es el tiempo mágico, el tiempo nutricio, renovador, sagrado, que no se aprecia en el día a día, por su condición evanescente. Es difícil entrever la magia en medio de este acompasar de manecillas aún en las más intrépidas navegaciones. Sin embargo, los años de experiencia me dicen que está allí, que hay una tarea por llevar a cabo, que no debo cesar en mis intentos. Aunque la ciudad me está resultando un hueso duro de roer, luego de tanto tiempo de vivir en la tierra de Wirikuta. La poesía está en el interior, no importa en que sórdido paraje o en que bosque soleado pueda estar el cuerpo que habito ahora. Sólo que aquí de a ratos se me esconde. Me pregunto cómo le hicieron los amigos que tuvieron que irse de Real de 14.
Seguramente se trata sólo del proceso de adaptación. Por ejemplo, me gusta caminar en las calles del centro, llenas de mansiones viejas de ladrillos y portones labrados en madera desportillada por los años. Me gusta la alameda y sobre todo sentarme en una banca frente esa vieja y misteriosa casona. Es blanca con numerosos tejados en metal gris y tiene unas ventanas ovaladas en el ático. Parece uno de esos castillos de cuento de terror, gótico hasta los cimientos, con una galería redonda y enredaderas que asoman por las ventanas del sótano. Si pudiera, viviría allí….ah en ese lugar de seguro si me encontraría vestigios de kronos y kairos juntos.
Pero por el momento, aquí estoy derritiendo mis nostalgias al calor de la estufa, mientras el tic tac del reloj  y el eco de los pasos que guían mi corazón cuchichean: paciencia fénix, paciencia. 

 Desde la ventana
Voy a gritar desde los labios sangrados
y que me oiga el vacío para que arda, no importa si estoy perdida
entre cuatro paredes de esta cuidad amurallada,
Sobrevivo entre la gente, en esta niebla ciega
Lavando las pieles que me habitan
con miedo, con placer, con sangre
como una poseída, con el cuerpo cubierto
de aguijones candentes,
con huecos de luz
donde mi corazón sale de noche y vivo.
Sobrevivo entre la gente, con un rayo de fuego
clavado en mi interior como un estigma.
La ciudad duerme y conmigo,
he de navegar estrellas hasta la última luz.

Rocío Barragán,adaptación 1992.

domingo, 25 de marzo de 2012

Perfume de violetas


"En ciertos oasis,
el desierto es sólo
un espejismo"
Mario Benedetti


Las jacarandas han llenado las calles de una alfombra violeta, en esta primavera. Cada vez que paso debajo de una de ellas, imagino que cae sobre mí una lluvia morada, en forma de copos etéreos y dóciles. Camino por las vacías avenidas de este poblado cuyos habitantes se encuentran abarrotando las playas mexicanas, o por lo menos visitando a la parentela y poniendo a los niños en remojo en esas albercas de plástico inflable. No falta quién se encuentre en la azotea de su casa, comiendo camarones o pescado por la cuaresma, y bebiendo cerveza tras cerveza esperando que llegue la noche. El calor es abrasador, ninguna nube en el cielo azul intenso. En medio del pavimento que reverbera, es visible el efecto del mediodía en el desierto. Sólo me cruzo con unas pocas personas y ni siquiera las miradas se intercambian. Parece como si viniéramos de dimensiones diferentes. No tengo prisa, así que dirijo mis pasos hacia el Parque del Pueblo, compro a una aburrida vendedora un agua fresca de ciruela natural, y sentada a la sombra de los frondosos árboles, cierro los ojos imaginando que un poco de brisa corre por mi rostro, mientras una solitaria gota de sudor se me escurre por el escote. De mi bolso saco un libro, se trata de la El Tao de la Psicología. Y me adentro en el concepto de sincronicidad. En nuestras vidas suceden pequeñas cosas, a las cuales a veces ni siquiera hacemos caso, pero que pueden marcar o llevar nuestro destino por caminos insospechados y eso no es todo, muchas veces hacemos aparecer eventos que necesitamos para aprender cosas en determinados momentos. La sincronicidad me resulta un concepto interesantísimo, pues he notado que va de la mano con lo que les mencioné alguna ocasión acerca de la magia.  Vamos, es una explicación científica desde el punto de vista de una psicoanalista junguiana, sin embargo, me gusta el toque de Tao.  Porque permite entender que no todo pasa por la racionalidad. Muchas veces debo luchar con esa manía de querer intelectualizarlo todo.
Entrecerrando los párpados, veo allá a lo lejos otra majestuosa jacaranda. Mi mente vuela e imagino que quito mis ropas y me acerco al árbol violeta. Jalando una palanca plateada, dejo que caiga sobre mi cabello un manto de copos y espuma. Todo cambia de color. Observo cómo en mis manos van creciendo ramas, de mi vientre fluyen esferas de algodón lila que circundan flotando el árbol. De mis pies y brazos brotan plumas. Mientras tanto, un olor delicioso, como aquél de las bolas de azúcar de la feria del domingo, invade todo el parque. Y se mezcla con el aroma de un prado lleno de violetas en flor donde solía pasear llevada de la mano de un amigo imaginario cuando era pequeña. Ese prado en realidad existe. Lo fui a buscar al cono sur cuando pude volver al lugar donde nací. El paisaje se alojó en mi mente de inmediato y recordé esas tardes con mis hermanas, cuando correteábamos descalzas en la hierba, mientras nuestros padres hacían la siesta después del vino y la carne asada. Y el cuerpo se nos llenaba de perfume de violetas. Una mágica ducha de color y fantasía. Abro los ojos y nada ha cambiado. O tal vez sí. El eco lejano de un aleteo surca el aire que comienza a soplar entre las copas de los árboles. Es el rumor del universo que parece susurrar en mi corazón: toma el sextante y la brújula, las cartas marítimas, obséquiate con una bitácora en blanco, abre las velas, navega sabiendo que la sincronicidad permitirá que la poesía te llene de ganas la piel,  para seguir creando cosas nuevas.

lunes, 9 de enero de 2012

La cama roja


Por las escaleras del patio sube una sombra y la figura que se proyecta en la pared de piedra desdibuja el sol en los escalones.
El hombre entra sin hacer ningún rumor, sabe que ella no lo espera. Es de mediana estatura, su cuerpo ágil y esbelto, de caderas afiladas. El rostro posee una suave belleza masculina, es casi delicado en sus rasgos. Sus ojos son insondables y encierran secretos e inconfesables desenfrenos. Porque en ellos se adivina un espíritu  rebelde. No es un rostro bondadoso, a pesar de que bajo ciertos ángulos una indiscutible fragilidad desconcierta a quienes lo ven por primera vez. Su mano toma despacio la manija y abre la puerta. Tintinean las llaves que cuelgan de la cerradura. La habitación se encuentra en penumbra, apenas un rayo de luz se asoma por el postigo entreabierto de una antigua ventana. La escasa claridad permite entrever una cama muy grande y sólida, cubierta por  sábanas de seda roja. En ella, de espaldas a la puerta, el hombre observa a una mujer dormida. Se ve parte del hombro claro, cuajado de lunares, que crean constelaciones que desaparecen bajo el lienzo, formando una estela de misterios. La tela cubre su cadera y los pies asoman entre los pliegues suaves. Un brazo envuelve su rostro y su cabello cae en cascada por la almohada hasta casi rozar el suelo. La estancia huele a madera, huele a fuego extinguido de la chimenea, donde quedan unos rescoldos que ardieron ayer. También huele a pétalos de rosa, a arcilla cálida, a cántaros de agua y a estrellas. El hombre avanza y se detiene junto a la cama roja.
Extiende sus manos buscando acariciar esa piel. Quisiera que despertara y a la vez que permaneciera dormida. En sus ojos hay un brillo de cinismo, cuando es conciente de la contradicción. Porque ama verse reflejado en  la luz en sus pupilas y el resplandor del sol en su sonrisa. Pero teme el lado oscuro, el que los lleva a caminar por el borde de un insondable abismo, o el que la transporta a un sitio lejano donde no puede alcanzarla. El hombre avanza lentamente, siente en todo su cuerpo la tensión que se acumula conforme se avecina a aquel enorme lecho, mudo testigo de su infatuación. Estira su mano y está por tocarla. Llegan a su mente los momentos vividos en la cama roja. La primera vez que ella dibujó espirales de fuego con su lengua en la piel enfebrecida de deseo contenido, cuando sus cuerpos se juntaron de mil maneras, y con su boca rozó los recónditos rincones de esa piel de trigo maduro. Cuando la voracidad del deseo largamente reprimido los llevó a dejar al mundo afuera de esa habitación. Y a gritar desde la orilla de un acantilado que sí, que el amor es verdad. A revolcarse como cachorros en esa cama enorme, a buscar dentro de aquél caos un signo de que no estaban solos. Pequeños seres errantes,  viajeros encontrados en medio de un paisaje, donde la vida es a veces hermosa y a veces grotesca y donde todo se vuelve diáfano cuando se encuentran.
Mientras tanto, suavizado por los gruesos muros de piedra de aquél lugar, llega desde afuera un ruido monótono que logra abrirse paso en su mente. No, al principio no lo reconoce, hasta que logra registrar que se trata de rebuznos. Distingue más de un burro intercambiando sonidos entre las montañas de los alrededores. Se encamina hacia la ventana y abriendo la celosía, se encuentra con su propio reflejo en los vidrios. Con la mirada recorre los alrededores, es el momento del atardecer y los tonos ocres invaden las casas y callejas estrechas de aquel laberíntico paisaje. La mansión que se yergue en la cima de la colina más alta, desde donde sabe que existe una vista maravillosa del resto del mundo, se opaca conforme va desapareciendo la luz y contrastando con su silueta se ve titilando una estrella. El teléfono vibra junto a su cintura. Lo saca de la funda y observa la procedencia de esa llamada. Decide no contestar. No, aún no. Recuerda cuando ella le susurró al oído:
-Cómo me gustaría bajarme un ratito de este tren, tomar tu mano así, de sorpresa y jalarte hacia una estación que nadie conozca, un lugar fuera de los conceptos tiempo, pertenencia, sociedad, clan, trabajo, responsabilidad, ambición, posesión, ficción, y muchos otros. Te quitaría los zapatos y caminaríamos descalzos en una alfombra de hierba, sintiendo en la piel su roce y en nosotros los rayos del sol. Emanaríamos luz, luz cálida, ambarina, luz multicolor-
No quiere pensar en  aquel otro mundo. Desearía permanecer por siempre en esa habitación. Un pájaro se ha posado en la penca de un maguey exactamente allí, bajo la ventana. Cree escuchar un sonido a sus espaldas, pero al volver los ojos a la cama, descubre que está vacía, que en realidad ella no está allí, que su cuerpo no ha vivido la noche anterior en su compañía, que los besos y las desenfrenadas caricias se han convertido en un imposible. Que las cosas pierden su perfil, desvaneciéndose en siluetas informes y los contornos de la cama se desdibujan, pierden nitidez. Paralizado, siente que sus miembros se aflojan y un hormigueo recorre sus piernas, subiendo lentamente hasta el pecho del cual emerge un suspiro profundo.  Incierto se aproxima y en el centro del lecho distingue una pequeña masa informe. Es de color rojo y se mueve espasmódicamente. Azorado descubre que ese bulto que yace frente a él abandonado entre las sábanas, es su propio corazón.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Semillas que logran germinar

Con un poco de retraso, estacioné la camioneta, levantando una nube de polvo. Una carita se asomó por la puerta del salón y se escuchó un “Ya llegó”. Allí estaba Karely Muñoz Cortés, la maestra de la escuela de Las Margaritas, ejido de Catorce, ubicado en el corazón de Wirikuta,  el estimado fotógrafo Gerardo Ruiz Smith y un visitante de Suiza llamado Nicolás Isensehmid. Y por supuesto, los niños. Entre todos bajamos las cajas. Con la ayuda de los Centros de Acopio de Matehuala, Guadalajara y Ciudad de México, así como un donativo gestionado por Alicia González por parte de la FIL, logramos reunir en esta etapa inicial, 265 hermosos libros para la primera Biblioteca del Desierto. Los niños soltaron exclamaciones de placer al abrir las envolturas. Pasamos un buen rato examinando los textos. Luego salimos al patio, donde platicamos y compartimos el desayuno. “No te sientes allí, me dijeron, está lleno de hormigas”. Junto a la resbaladilla, esto fue lo que contaron:
Alondra: De los libros me gustan los colores, las partes interesantes y los dibujos. Ellos sirven para aprender a leer y disfrutar.
Leslie: Me gusta leer en mi cuarto en la mañana, en la tarde y en la noche, sobre todo los de princesas. Siento que me da mucho cariño un libro.
Sergio: Están bien bonitos los libros nuevos, mi favorito es el de los animales que se inflan. Puedo aprender más.
Carmen: Me agrada leer arriba de la pila, porque casi nadie me mira y ahí comprendo más. Me gustan los libros de caricaturas y los de terror pero no en la noche porque me da cuiqui. Cuando leo uno bonito, siento que sí es realidad. Los libros sirven para entretener, a uno se le va la tristeza, como cuando me regañan porque hago travesuras.
Adrián: A mí me encanta leer arriba del pasamanos del patio de la escuela. Mi preferido es el de Los Tres Cochinitos. Leer ayuda en los sueños, si leo un libro bonito, sueño bonito.
Nihuetsica: Me gusta leer en mi cuarto. Momo es mi favorito. Me imagino lo que leo y siento como si yo estuviera dentro. Los libros sirven para que no tengan que comprarnos videojuegos porque la lectura es como una tele en la cabeza.
La maestra Karely: Gracias por el apoyo a la comunidad, para seguir fortaleciendo el tejido familiar, esperando que a través de los libros, las letras fluyan como un rio en nuestro corazón y con cada grano de arena podamos construir cosas más sólidas.
Casi estaba por retirarme cuando los niños corrieron, me rodearon y abrazaron diciendo: “Muchas gracias”… sentí una emoción grande, una calidez profunda, que les hago llegar a aquellos que hicieron realidad este sueño. Ese abrazo fue para todos. Desde Wirikuta, los invito a que continuemos con estas acciones, que nos fortalecen y nos proporcionan la alegría de saber que unidos por un bien común, avanzamos en la creación de espacios soleados y jardines que fomentan la imaginación. Aún en el desierto, en medio de la aridez, hay semillas que logran germinar.

Seguimos con la campaña. Vamos por más Bibliotecas en otras comunidades.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Firework

Alba en Matehuala. Ese día abrí los ojos con un ánimo sorprendente, un optimismo contagioso que a veces me acapara los sentidos. No lo puedo evitar, a pesar de los embates tan duros (madrazos para ser más explícita) que la vida me da para aprender, hay momentos en los cuales la alegría se me desborda por las moléculas. Menos mal. El caso es que aquella mañana el suplemento cultural Origen, que se publica en el periódico La Razón, vio la luz por primera vez, nació junto con un sol anaranjado y prometedor. Así que desayuné un plato de fruta, me di una ducha con spa y toda la cosa (mascarilla de jitomate y aceite de coco, já) me vestí de blanco, blanco sexy, y salí al mundo exterior. Lo primero que hice fue tomar una flor del parque, necesitaba una flor donada por la naturaleza. Luego, me fui al puesto de periódicos a comprar varios ejemplares y al llegar encontré a una señora que estaba leyendo el suplemento. Qué gusto me dio. Volví a casa a dejarlos y salí nuevamente. Esa mañana el sol calentaba rico, el aire diáfano, los aromas de las plantas, la señora que barría la calle, los corredores tempraneros, todo pintaba bien. Me fui a dar una vuelta a la ciudad, a ver a los amigos, para comunicarles la noticia. Me acordé que unos días antes, en casa de Karsten, mientras bebíamos vino junto a la chimenea, hablamos sobre la creación de una nueva sociedad y para ello, dijo mi amigo, es necesario raspar el punto de origen, otra vez tener la esencia en la mano. Estoy completamente de acuerdo, necesitamos buscar el origen pero reinventándonos, retomar rituales viejos y transmutarlos, como el del nacimiento, la pubertad, el amor, la muerte. Cosas nuevas que nos ayuden a volver a la esencia que perdimos en el camino de esta loca carrera de caballos desbocados que intentan alcanzar un espejismo. En la tarde, tuve que moverme hacia Real de Catorce, así que subí al Nautilus y antes de arrancar, noté por el espejo retrovisor, que en la parte de atrás de la camioneta había quedado el frijol, un puff enorme de color rojo, acervo de la familia que alguna vez nos dejara la amiga Ingrid antes de irse a las Noruegas. El caso es que me bajé, abrí la caseta, lo saqué y lo dejé en el garaje. O eso pensé. No me di cuenta de que se había quedado atorado en la puerta trasera. Luego, me instalé en la cabina, encendí el estéreo y escogí la canción de Katie Perry Firework y salí a la calle. Baby, you're a firework, Come on, let your colors burst, Make 'em go Oh, oh, oh… After a hurricane comes a rainbow… Me sentía sensacional, hasta mi parte argentina me decía “brishante che”. Boom, boom, boom, Even brighter than the moon, moon, moon, It's always been inside of you, you, you… la gente pasaba en sus vehículos y me hacía señas, yo pensaba, caray, todos me saludan hoy. Ignoraba que detrás mío, como una enorme pelota roja, iba rebotando el pobre puff. Pasó Argelio Yrízar en su camioneta y levantó la mano efusivamente. En el semáforo de la gasolinera del boulevard, todos me miraban, sho bailaba… ya por el rumbo de Ojo de Agua, y a punto de un colapso de felicidad, un taxista me indicó que algo pasaba con el Nautilus. Así que me detuve, pensando que se había ponchado una llanta o se había caído el mofle, algo que sucede a menudo y cuál fue mi sorpresa al encontrar al frijol rojo, pintado con manchas negras y marrones de polvo pero sobreviviendo, arrastrado como esas ridículas latas que cuelgan en los vehículos cuando alguien se casa. Qué barbaridad.
Entonces, en el viaje hacia Real, fui reflexionando acerca del ego. Recordé que Jodorowsky nos habla siempre de cuatro egos, el material, libidinal, intelectual y emocional y dice que son como las patas de un caballo, los cuatro nos llevan al movimiento, a avanzar. Normalmente tenemos algún tipo de desequilibrio y seguramente alguno de ellos predomina sobre los demás, entonces el caballo empieza a cojear y su avance se vuelve complejo. O se desboca. Otros por el contrario, como algunas corrientes del hinduismo, afirman que al ego hay que suprimirlo. Eso si está más difícil. Un amigo me dijo hace pocos días a propósito del tema: el ego es la enfermedad más normal y endémica de nuestra cultura, tan "dominante" ella y tan quisquillosa… eso porque me molesté ya que por un error mi nombre no apareció en la invitación a una exposición colectiva de fotografía. Nos dimos un buen agarrón. Personalmente, me pegó el ego naif, es decir, he vivido en el rancho tantos años que la verdad me hacía ilusión ver mi nombre en la marquesina, junto con otros fotógrafos tan chidos. Pero me pregunto ¿Es ego querer exponer el trabajo de uno? ¿Es ego salir en la televisión? ¿O que sea la musa de un poeta? ¿Es ego vestir de blanco sexy porque estoy contenta? ¿O que llamen de un periódico y me pidan fotos? ¿No es acaso linda la sensación del ego encrespado cuando alguien te observa con admiración y deseo? ¿Escribir estas cartas desde Real y publicarlas? ¿Sentir una gran felicidad porque se concreta un proyecto como Origen? Encontrar el límite entre el amor propio, la finalidad del artista, la necesidad de sentirse aceptado, la humildad, la vanidad, la desfachatez, la travesura, la autocrítica, la falsa modestia, las ganas de contar algo, la suerte, el talento o la falta de él, la candidez y la malicia.  Es como el puff que rebotaba entre las notas musicales ¿no? You just gotta ignite, the light, and let it shine…Aunque sea cojeando, pero hay que seguir.
Junto con mis hijos, cosimos y limpiamos el frijol, que remendado reposa, en la sala de nuestro hogar.





sábado, 1 de octubre de 2011

Una película en Las Margaritas

Y yo, mínimo ser,
ebrio del gran vacío
constelado,
a semejanza,
a imagen del misterio,
me sentí parte pura
del abismo,
rodé con las estrellas,
mi corazón se desató
en el viento.
Pablo Neruda,
Memorial de Isla Negra.

Llegué a Las Margaritas al caer el sol. Cuando entré a la casa de mi amigo el poeta y su hermosa familia, me topé con un par de ojos azules, una mirada fuerte y profunda. Brontis Jodorowsky, actor. Nos habíamos prometido un vino y una charla. Pasaron las horas hasta que nos sorprendió la madrugada en una habitación de adobe, con ventanas de madera y cortinas de colores, llena de libros y con la esencia de las palabras flotando en el aire. Así que nos fuimos a acostar tarde. No pude pegar ojo, seguían en mi cabeza trozos de la conversación y remolinos de pensamiento que son los que nos ponen a jugar, traviesos, el juego del insomnio. Había bajado expresamente allí para conocer el trabajo que están realizando junto con la actriz Mariana González, coordinados por el director de cine Daniel Castro. La película se llama Tau que significa sol en huichol.  El desierto, dice Daniel, es muy protagónico, tiene vida propia y guía a un ser humano a enfrentarse a sí mismo en una búsqueda personal. Por cierto, se mostró muy agradecido con la gente que los recibió.  Me levanté temprano, saludé a las estrellas en el firmamento índigo, preparé un mate. Mi amigo poeta se levantó también y compartimos unos cálidos momentos mientras la naturaleza despertaba. Partimos Brontis y yo en el Nautilus rumbo a la casa de Aurelio. Allí estaba el resto de la producción, listo para iniciar uno de los últimos días de filmación. Desayunamos frijoles con tortillas recién hechas. La bruma matinal cubría por entero el desierto y los técnicos se mostraban un poco preocupados por las condiciones de luz. Luego, nos fuimos hacia un bosque de mezquites. Hacía frío pero se aguantaba. Comenzaron a filmar y tuve la ocasión de ver al equipo en acción. Me gustó el grupo, había armonía entre ellos. Cada quien hacía un poco de todo. Por ejemplo Alizarine, la directora de arte, maquilló a los actores. Tenía los ojos llorosos y la nariz enrojecida a causa de una gripe, pero siguió trabajando. Mariana comentó que el concepto de aridez le cambió en Wirikuta, un lugar que describe como hostil (sus piernas estaban rasguñadas por las espinas) pero lleno de vida. Por ejemplo, dijo, el otro día vi la vía láctea, un espectáculo hermoso. Me sorprendió la dedicación de Diego y Mariel en la cámara, la sencillez de Daniel, la calidez de Pablo y Sergio, los productores, la jovialidad extraña de Bart y los demás miembros del equipo. Luego cambiamos de locación, nos dirigimos hacia una construcción que los lugareños llaman los iglús. Estábamos en un bosquecillo de albardas, esas plantas que parecen manos extendidas hacia lo alto. Para entonces, la neblina había desaparecido y algunas nubes flotaban en un cielo azul intenso. Al poco rato aparecieron los niños de la escuela de Margaritas, estaban emocionados, en sus caritas se dejaba ver la expectación, vamos a conocer cómo se hace una película. Observaban curiosos la sesión de maquillaje, los detalles, la cámara. Estuvieron muy atentos y callados, al menos la mayor parte del tiempo. Horas bajo el sol, observando la repetición de la misma escena, hasta que una de las niñas más pequeñas preguntó ¿Cuándo va a empezar? Luego fuimos a comer Brontis y yo a la casa de mi amigo, que tiene una maravillosa cocina, donde se respira aroma de fuego y se palpa el calor entrañable de hogar que exudan las paredes y las canastas con fruta, la alacena llena de frascos con semillas, la mesa grande de madera, las sartenes colgadas por doquier. No hubo mucho tiempo para charlas esta vez, regresamos al trabajo, había que aprovechar la luz. Con las ventanas abiertas y el viento (como me gusta) despeinándome las ideas, nos dirigimos hacia un llano ubicado al este de la población. Las estribaciones de la sierra se destacaban intensas con la luz de la tarde. Había una tormenta por el rumbo de San Antonio Coronado y un amasijo de nubes dejaba entrever la poderosa fuerza de la naturaleza, allá a lo lejos. Al poco rato salió un hermoso arcoíris. Brontis caminaba seguido por la cámara, cuando Daniel dijo corte. Y él se quedó inmóvil, como congelado en el instante. Permaneció allí, su silueta enmarcada en los colores vibrantes de ese caldo primigenio. Todo estaba en silencio, ese silencio que dice tantas cosas. Sentí cómo su energía se expandía y cómo el desierto le estaba susurrando algún misterio y me alegré muchísimo, porque amo este lugar, matriz de vida y me gusta cuando llega gente de otros mundos y se contagia por la magia que respiran las formas y se deja envolver por el cielo y su milagro. Esa puerta pequeña, que se abre a un horizonte enorme de percepción que nos permite observar el polvo dorado con que estamos hechos. El sol iba cayendo en un atardecer espectacular y ellos filmaban una escena cargada de intensidad. Yo observaba la acción agradeciendo el momento. Volví a Las Margaritas. Al día siguiente me acerqué a saludar al equipo. Pude ver parte del trabajo que habían realizado. Una experiencia interesante. Finalmente me fui a despedir de Brontis, nos dimos un abrazo. Sus ojos arrojaban un extraño fulgor. El eco de su mirada azul quedó flotando en un volveré...





sábado, 10 de septiembre de 2011

Ese rumor de vitalidad

"Es inútil. Todo vuelve a nacer.
Para la oscura boca que nos traga,
para el amor y el odio,
para el llanto,
aquí estamos.
Sobrevivientes del día de ayer,
con los ojos puestos a sercar al sol
y con el corazón extendido en la mano como una carta."
Jaime Sabines.
Verde, verde agua, verde humedad. Los árboles de la huerta se mecen al compás del viento manifestando su alegría de existir. La lluvia es en el desierto, esa reconfortante sensación que nos acuna en el tejado, ese rumor de vitalidad, aún en medio de la muerte que nos visita bajo inesperadas formas. Lo cotidiano se vistió de tragedia en estos tiempos, pero a la vez no deja de ser interesante el análisis de los acontecimientos. Una pareja decidió rentar una casa en un pueblo del desierto, a los pocos días, a sus 42 años y de manera sorpresiva, el hombre muere de un ataque al corazón. Ella se queda sola, vagando por las calles de ese fantasmagórico laberinto donde se mezclan el dolor y el olor del cuerpo sin bañarse. Como no había dinero para el funeral, llega el hermano del difunto a disponer los arreglos y resulta que es el hermano gemelo. Gran conmoción en la localidad, hasta que se aclara el asunto. La mujer pinta un mural enfebrecida, aún no se detiene. Mientras tanto, otro personaje llega al pueblo, se dice la reencarnación de Jesús, habla de su poder para transformar la materia y trata de conseguir seguidores en una empresa descabellada: Hay que detener el tren, con la fuerza de nuestro pensamiento y la fe podemos lograrlo. Se va a las vías y sucumbe aplastado. El viejito de la confitería que en realidad era tapadera para la venta de armas, fallece al saber que a su nieto lo agarró la policía con un kilo de mota. Los muertos en un mes. Cruces adicionales en el cementerio local. Y sigue la conmoción. Un hombre camina por la orilla de la carretera, encuentra varias identificaciones de mexicanos, credenciales de elector. En el conjunto aparece también la licencia de un chofer de autobús. El sujeto, en vez de acudir a la policía, las recoge y se las lleva a su casa. Luego, asustado borra sus huellas digitales y las quema. Nunca sabremos quiénes eran esas personas. No habrá un rastro ni respeto a su memoria, ni cruces, ni tumbas, simplemente se esfumaron de la faz de la tierra. Aquella mujer que se quemó la cara en un accidente doméstico sigue en rehabilitación. Los asalariados de las transnacionales reparten cuentas de colores, mientras miden y hacen cálculos de las posibles ganancias, dentro de sus camionetas con aire acondicionado. Otros niños nacen y otros más entraron por primera vez a la escuela. El hombre que vende los helados pinta un nuevo anuncio en su carrito. Será acaso el calor sofocante que lleva a las personas a cometer actos imprudentes, no hay paz en este mundo, sólo un gran caos en las cabezas. Si dejáramos de racionalizar y aprendiéramos de nuevo a seguir la intuición, acaso el vortex de la locura pasaría de lado sin arrastrarnos a los abismos de espejos donde sólo observamos imágenes distorsionadas de eso que creemos real. Todo está mutando. Ya varios de los viejos se han ido, y otros nuevos han llegado, con un costal lleno de esperanzas que se reflejan en sus caras sonrosadas. El mundo allá afuera gira como loco. El mundo de adentro se debate entre la confusión y el vértigo. ¿Dónde están los espacios soleados y el perfume de las flores? Están en el rumor de vitalidad que se adivina en el verde, en la lluvia, en los cántaros de barro. Y en los que quedamos aquí, en el temporal, sobreviviendo. Mientras haya un soplo de energía vital, aún en medio del autismo que nos paraliza, mientras podamos seguir contando historias.