lunes 29 de junio de 2009

La cinta de Moebius

Ese viejo camino de asfalto, lleno de baches, parecía no llegar a ninguna parte. Avanzaba en la fresca brisa de la mañana del desierto pensando que estaba dentro de una cinta de Moebius. Seguía y seguía en movimiento pero volvía siempre al mismo lugar. O al menos esa era la realidad aparente. El calor aún no se dejaba sentir, aunque el sol ya estaba creciendo en el horizonte. Me pregunté cuántas veces en la vida nos metemos en uno de esos recorridos sin fin, en una de esas trampas de la mente. Y seguimos atorados en los pensamientos una y otra vez. En el pasado o en el futuro, sin ver que la realidad se nos difumina detrás de un vehículo que corre a tal velocidad que nos impide ver lo que hay más allá. Nuestra visión es como un tren que avanza vertiginosamente. Cuando nos acercamos un poquito más a la conciencia, la esencia, la luz interior, entonces ese tren se transforma en una vieja locomotora de vapor. La velocidad se reduce y si prestamos atención, entre cada vagón logramos ver fugazmente lo que hay del otro lado. Entonces, si seguimos la vía de la meditación, logramos detenerlo por fracciones de segundo y vislumbrar el fondo del cuadro. Eso que vemos, en ese instante, es la realidad. La cinta de Moebius se me antoja como un recorrido en el cual no puedo verla porque avanzo siempre hacia el mismo punto, hasta que algo indefinido logra romper el hechizo. Esa mañana, cual si fuera un sueño, desperté repentinamente cuando apareció ante mis ojos una capilla verde fosforescente, un conjunto de llantas viejas amontonadas en una cancha de basquetbol sin tableros. Una nopalera y un fresno gigante, escondido en una depresión del terreno ondulante. Cerro de Flores, se llamaba aquel paraje. Los niños del jardín estaban en la hora del almuerzo y una señora de sonrisa dulce le daba sopita de pasta a su hijo. Dos burros bebían agua de una vieja bañera de porcelana. Una carreta estaba estacionada junto a la reja de colores de ese kínder llamado Pro Patria. Y un poco más allá, se veía un tendedero en donde la ropa oscilaba al ritmo del viento, produciendo extraños sonidos y sombras caprichosas en la tierra resquebrajada. Los niños miraban la copa de un pino que estaba en el patio. Lanzaban gritos de júbilo al ver un pajarito de color rojo intenso jugando entre las ramas. ¿Esto es la realidad? Sí y no. No es la realidad cotidiana, si se trata de eso, pero tampoco me es ajena. Una sonrisa, un animal, una planta, el viento en la mejilla. Eso forma parte de mi mundo seguramente. Pero también vivo en el universo de la mente, del espíritu y de los sentidos; del entorno que construyo en el día a día.
Seguí avanzando y llegué a un pequeño estanque. El viento encrespaba la superficie del agua y la sombra de un gigantesco fresno se difuminaba con ese movimiento. La orilla estaba llena de renacuajos. Concentré mi atención en ese microcosmos y me di cuenta de que ellos también seguían sus propias cintas de Moebius. Sin embargo, en los animales el concepto del tiempo no existe, ellos viven el aquí y ahora, no son esclavos de los pensamientos. Si todos somos uno, si la fuerza vital que nos conecta y entrelaza es la misma para todos, hay mucho que aprender de su ejemplo y su comportamiento. Entré al agua con lo que llevaba puesto. Refrescarse en una mañana de verano como esta, es sin duda un privilegio.
Al salir, seguí camino. La cinta de Moebius ondulaba hacia el horizonte. Me detuve a la sombra de un pirul, saqué el termo y cebé unos mates. Alrededor, la vida palpitaba, al ritmo de mi propio corazón.

sábado 13 de junio de 2009

Vivir el presente

Por una de esas sincronicidades de la vida, cayó en sus manos un libro estupendo. Se llama El Poder del Ahora de Eckhart Tolle. La premisa básica de este autor que al principio puede resultar algo complejo, es que los seres humanos padecemos la enfermedad de la inconsciencia que nos lleva a ser dominados y a estructurar nuestro mundo en base a la mente. Por lo tanto, vivimos inmersos o en el pasado, añorando, culpabilizando, recreándonos en el dolor, o en el futuro imaginando miles de posibilidades que en realidad no van a suceder, porque el futuro no existe. Lo que existe es el ahora, aquí y ahora. Este interesante planteamiento, aplicado a la vida cotidiana, es el que la estaba salvando de sus propios demonios. Ahh, esos malditos, a veces la agarran y no la quieren soltar. La vida es un aprendizaje continuo y en medio de la influenza porcino-mental del neo-neoliberalismo y las crisis interiores y exteriores, ya se estaba olvidando de reír. Que terrible… si la risa es uno de los medios más poderosos de curación que existen. Por eso, luego de semanas sin darse cuenta de que el sol allá afuera sigue brillando, decidió regalarse una terapia de risa. Risoterapia. Primero, se dio un baño delicioso, prolongado, calientito, hasta casi tantito lujurioso. Luego acarició su cuerpo con aceite, se depiló las cejotas estilo Frida que ya traía, se despuntó el peluchito y finalmente, se colocó frente al espejo y con ayuda de unas tijeras y una máquina rasuradora, quitó completamente su larga y espesa cabellera de rizos oscuros, que por retazos fue cayendo al piso. Acordándose de Roger Waters, casi siguió con las cejas, pero como le había costado trabajo la depilada, las dejó en su lugar. Las ventanas estaban abiertas y una suave brisa mecía las cortinas, mientras una juguetona música le endulzaba los oídos (Mozart al despertar). Cuando hubo terminado, agarró el estuche de maquillajes que siempre usa en los cumpleaños de sus amigos pequeños y se dio una nueva personalidad. Lo más sobresaliente era una sonrisa inmensa cubriéndole la cara. Con dientes de conejo y todo. Luego se puso unas tanguitas negras, medias de rayas, las botas de lluvia, el corsé de la abuela, un lazo dorado en la cintura. Tomó una bolsa de dulces de tamarindo y salió a la calle. La misión del ahora, era hacer reír a la mayor cantidad de gente posible y divertirse obviamente, con la experiencia. Al primero que encontró fue al burro Carmelo, quien no hizo más que agachar las orejas como cuando quiere una caricia en la frente. Luego, siguió su camino y en el puente de la Purísima se encontró con Cucote, mejor conocido como Cuco Mentiras. La vio, se rió y cuando se acercó y la reconoció, se quedó mudo. Así como él, que susto se llevaron algunos camaradas cuando vieron que se había rapado. ¿Estás enferma? Preguntaron. Noooo. No logró las risas que buscaba. Así que fue por la camioneta y se encaminó a un pueblo del bajío, donde no conocía a nadie. En la plaza se sentó en una banca y cuando pasaba alguien se levantaba a hacerlo reír. De a poquito se fue corriendo la voz y al rato tenía un grupo de chiquillos con los ojos brillantes. Hasta se cooperaron entre ellos y le fueron a traer un refresco. A los niños la risa se les da tan natural. Volvió a casa y se enfrentó al último reto del día. Se quitó todo el maquillaje, lavó su rostro, recogió todo el pelo que había quedado tirado en el piso del baño, prendió dos velas de colores, sacó sus plumas y sus cristales, sus artilugios de hechicera. Se quedó desnuda, se miró al espejo y buscó a la niña que lleva dentro, buscó reírse de ella, de lo clavada que a veces es, de los dramas que hace aparecer en su vida cuando se aburre, de su llanto novelesco, de sus miedos, de sus manías. Agarró una de las alitas (la que le dio su amiga Uli) y comenzó a hacerse cosquillas en los pies. No se pudo carcajear, pero al menos una torcida mueca de diversión sí logró en su sonrisa. Y se sentó tranquila, pensando que en realidad, si logra vivir cada día en el Ahora, si se aplica a que cada momento sea especial, los demonios se van corriendo y no sólo ve el sol brillar, sino que con suerte, hasta le toca un arcoíris.

viernes 29 de mayo de 2009

La Casa del Agua


La carretera estaba iluminada con el extraño reflejo de las densas nubes que en el horizonte anunciaban un aguacero descomunal. Avanzaba con mi vehículo a gran velocidad. De repente, una cortina de agua cubrió la camioneta. Me coloqué atrás de un autobús que se desplazaba lentamente. En ciertos tramos a duras penas lograba mantener contacto visual con él, tanta era la lluvia. Después supe que una tormenta tropical azotaba el golfo de México. En el momento, los músculos de mi mandíbula estaban contraídos como cuando vas al dentista. Lo importante era salir ilesa de esa carretera. Y así fue, de repente todo cesó y atrás quedó la mancha de cúmulos de tonos violetas y negros, con rayos que saltaban en toda dirección, como un caldo primigenio. Ese fue el motivo del retraso. Cuando llegué al desierto la tarde estaba cayendo y aunque traté de darme prisa, no se le puede ganar al tiempo. Quería internarme en el encanto, recoger leña y hacer un campamento en un sitio especial que conozco, desde donde se ve el Quemado majestuoso y la sierra de Catorce completa. Donde un mezquite se encuentra solitario en medio de una pequeña pradera llena de flores violetas, donde el viento se desliza suave entre los arbustos, y un coyote tiene su madriguera y donde sabía que las notas de la guitarra iban a acompañarme durante la noche. Pero resulta que en medio de la nada, en un inesperado momento, la camioneta dejó de funcionar. Se detuvo en seco, ni siquiera pude orillarme. No quiso arrancar. Allá a lo lejos, por el rumbo de Poblazón, se veía venir otro aguacero torrencial. En ese momento salió a flote mi endemoniado carácter (porque a veces sí soy diabla) y me enojé con todo y contra todo, me faltó darle puntapiés a las piedras, sólo porque preferí las llantas nada más por blanditas. Entonces, miré alrededor, la noche ya encima, los relámpagos anunciando la inminente tormenta. Aproximadamente a unos quinientos metros a la derecha, vi unas pequeñas construcciones y hacia allá dirigí mis pasos. Se trataba de un sitio muy especial. Cuatro casas, dirigidas a los cuatro puntos cardinales. Cada una de ellas hospedaba un elemento. Agua, fuego, tierra y aire. Y a un costado, un enorme círculo de piedra. Llamé saludando, el sitio parecía desierto. Cuando de una puerta mosquitera asomó la cara de una mujer. Así fue como conocí a Inmaculada. Me dio asilo, me recibió muy amablemente y me dijo que podía pasar la noche allí, así que regresé a la camioneta por las cosas. Ya estaba un poquito más calmada pero no mucho. Cargué con todo, bolsa de dormir, vino y comida. Faltaba poco para llegar a las casas, caminaba a grandes zancadas, enojada con el destino cuando de repente y sin saber como, mi pie se apoyó mal contra una gobernadora y di una voltereta en el aire, quedando completamente extendida de espaldas en la tierra, con la sensación de no saber cómo llegué allí. Creo que fue el viento a darme un vuelco. Y de repente todo el humor negro se fue y me empecé a reír. No sólo del estrépito que hice al caer con todo y guitarra y de la cómica postura en que quedé, sino de que en realidad una mano invisible me tomó de las piernas y logró con ese giro que cambiara completamente mi estado de ánimo. Claro, cuando suceden estas cosas es mejor dejarse ir, cuándo lo entenderé. Dolía allí donde la gobernadora me raspó, pero seguí contenta hacia las construcciones y cuando estaba poniendo un pie en la entrada comenzó a llover. ¿En cual casa deseas dormir, me dijo mi anfitriona? En la del agua, contesté sin titubear. El agua es mi elemento y cuando estoy en ella experimento una complicidad sin paragón. Y pensar que hace millones de años esto era un mar, todo lo que me rodea ahora era azul. Azul intenso, azul, azul.
Acomodé el nido y volví a la cocina con esa agradable mujer. Cenamos, bebimos ese vino delicioso, conversamos de tantas cosas, fue un rato apaciguador. Luego me despedí y me retiré a mis aposentos. No podía creerlo, me sentía como una reina. Las velas parecerían irradiar más calor, el olor a tierra mojada se introducía por los resquicios de la ventana. La lluvia golpeteaba en el techo de tierra. Sentí que no estaba sola. Los muros de adobe resplandecían, como si cientos de diminutas estrellas hubieran quedado incrustadas allí. Poco a poco fui adentrándome en la tierra de los sueños. Estaba acurrucada al calor de las sábanas, cuando apareció él. Un ser delicado y encantador, casi frágil. Un dragón y mariposa pero con alas de ángel. Se acercó, me puso la mano en la frente y me dijo “Azul siempre has sido, fénix que renace cada vez, tus alas crecerán de nuevo y la luz que llevas dentro brillará más fuerte que nunca, porque jamás te cansaste de luchar” Quise tomarlo en mis brazos, acariciar sus alas, pero no se puede poseer un ángel. Le pregunté ¿Por qué se ve en tus ojos la tristeza? Pero no me quiso responder. Te regalo esta pluma dorada, le dije. Cuando te sientas solo, acaricia tu piel con ella, y verás que te cubrirá de partículas mágicas, que te darán fuerza y calor. (I gave my love a golden feather, I gave my love a cristal heart. And when you find a golden feather, it’s mean you’ll never lose your way back home) Una chispa brilló en su mirada, mientras susurraba: Es un hermoso regalo, jamás podré olvidarlo. En un parpadeo ya había desaparecido. Dormí como una niña. Al despertar, momentos antes del alba, salí de la Casa del Agua. A mí alrededor todo era fuego, un rojo intenso iluminaba las montañas. La lluvia había dejado el desierto completamente empapado. Plastas de lodo se incrustaban en mis botas. Fui a la cocina para calentar el agua del mate y luego del desayuno, dirigí mis pasos a la casa del fuego, donde estaba Inmaculada. Le agradecí todas sus atenciones y volví hacia la camioneta. De allí caminando al pueblo más cercano, a conseguir quien me ayudara con la mecánica. En la estación encontré a Esteban, un hombre que tiene un auto viejo, con las vestiduras del techo inexistentes y una amplia sonrisa. Me dijo, soy un fanático de las Chivas, así que si le vas al América dímelo ahora mismo para no ayudarte. Le dije que no se preocupara, que no me gusta el fútbol pero que seguramente no soy fan del América. Mover la camioneta fue más complicado de lo que parecía, la batería estaba muerta, así que tuvimos que empujar. Lo hicimos varias veces pero como la vía estaba llena de lodo fue imposible hacerla funcionar. Nuestra ropa ya era de color café cuando de repente se escuchó un corrido de Los Tigres del Norte y el rugido de un potente motor. Comencé a correr agitando los brazos y así fue como conocí a Don Félix. Su vehículo color vino era muy grande. El se bajó sonriente, recién bañado, vestido con un sombrero nuevo y una hebilla enorme sobresaliendo de su cinturón pitiado. Es que voy a los gallos, me dijo. Por suerte tenía cables, me pasó corriente y me acompañó hasta el pueblo. Allí busqué la tiendita de Don Gumaro, el único que vende baterías, pero ya se le habían acabado. Tuve que seguir a la otra estación donde compré una nueva, pero resulta que no era eso, que era el acumulador. Seguí de regreso a Real, ya cansada de la historia de la mecánica, que por cierto no se me da. La noche estaba cayendo y no había luna. La oscuridad comenzó a rodearme y las luces de la camioneta no iluminaban nada. Saqué por la ventana mi lámpara de pila y con ella fui alumbrando el camino. La batería de la música portátil funcionaba aún, por lo que los acordes de Jean LeLoup me fueron acompañando. Cuando estacioné, estaba empezando a llover de nuevo. Alcé el rostro dejando que las gotas de agua me limpiaran las fatigas del viaje.

sábado 25 de abril de 2009

Temazcal

Nos tocó un jeep con asiento en el techo. Parecía una sala de reinas allá arriba. Bajamos por la Cuesta de los Arrepentidos, riendo y dejando que el viento nos despeinara las ideas. Éramos la avanzada de un grupo de mujeres. El plan, reunirnos en un punto del desierto para hacer un temazcal. Las demás todavía no terminaban de trabajar, así que nosotras, las tres del sillón, nos habíamos adelantado. Llegamos a Estación Catorce y de allí Leonardo nos llevó a Wadley. Don Juan no estaba, ya se había ido a preparar todo. Así que, luego de una visita a la tiendita por cervezas, nos dirigimos al lugar. Cómo no había llovido aún, el camino estaba tan lleno de polvo que cuando llegamos teníamos el cabello gris. Nos instalamos en una de las cabañas, recorrimos el lugar, conocimos a los encargados y luego nos fuimos a la alberca. Es un paisaje particular, una piscina semivacía en el medio del desierto. Eso sí, pintada de turquesa y con palapas en torno. Pasamos el resto de la tarde tomando baños de sol y carcajeándonos de todo. En eso, vimos una nube de polvo aproximándose por el camino, eran las demás. El fuego había estado prendido desde hacía horas, así que nos avisó doña Teodora que el temazcal estaba listo. Se trata de un temazcal no ritual, es decir que no sigue una tradición específica sino que es únicamente como una sauna. Entramos al recinto de adobe, comenzaron a traer las piedras calientes. Mientras tanto, la señora sentada en una silla nos pasó unas pencas de sábila para untarnos en el cuerpo. Éramos nueve mujeres. En la oscuridad nos quitamos la ropa y nos cubrimos de esa maravillosa planta. Teodora rociaba las piedras con agua. Poco a poco el vapor fue inundando el espacio. Tomamos un rico te de hierbas, entonamos mantras y cantos de diferentes partes del mundo, hablamos, hicimos nuestros rezos, pedimos por los niños del planeta y por la gente enferma, por los ancianos, las plantas y los animales. Por mi parte, sentía en la piel la vibración de la música y en los huesos una tibieza que venía necesitando desde hacía tiempo.
Fue relajante y apaciguador. Estar adentro de ese recinto es como regresar al vientre materno, como volver a la esencia de uno y sentirse dentro de la célula primigenia, del ADN universal. Al salir, el sol se estaba ocultando y soplaba ese viento frío que siempre asombra en el altiplano luego de una jornada de intenso calor. La piel estaba caliente y al contacto con el aire los poros se contrajeron. Qué sensación tan poco agradable, esa de salir del huevo para enfrentar la cruel realidad. Entonces corrimos a donde se encuentra una pequeña tina y don Juan prendió el mecanismo. De un tubo muy ancho, comenzó a salir agua caliente, maravillosa, fuerte, renovadora. Cómo niñas nos pusimos a juguetear entre las burbujas. Mientras, a nuestro alrededor el desierto se teñía de dorado y el disco del sol en el horizonte nos llenaba los ojos de un rojizo y misterioso resplandor.
Cuando salimos, ya la oscuridad se cernía entre los cactus. Fuimos a cambiar nuestras ropas. Compartimos aceites, esencias, risas y masajes. La armonía del ambiente no dejaba lugar a dudas: estábamos todas conectadas en una frecuencia femenina, humana, creativa y solidaria.
Las señoras nos habían preparado un caldito de verduras, que tomamos acompañado de tortillas de maíz que ellas mismas estaban elaborando en el comal. Luego, volvimos a la cabaña. Nos arropamos y prendimos un fuego bajo las estrellas, tomamos vino compartiendo los dos únicos vasos que habíamos traído. El cielo estaba nublado allá al fondo. Por el rumbo del cerro de El Barco, destellaban los rayos de una formidable tormenta de primavera. Pero sobre nuestras cabezas, las constelaciones nos susurraban antiguos cánticos, mientras la piel seguía vibrando y agradeciendo ese lujo, ese apapacho. Dormimos como niñas pequeñas, envueltas en la tibia cobija de los muros de adobe y el techo de garrocha. Mientras me deslizaba en la bruma del sueño, tuve la sensación de que todas las mujeres antiguas, nuestras ancestrales abuelas desde el principio de todos los tiempos, nos rodeaban para envolvernos en un cálido y amoroso abrazo.

lunes 30 de marzo de 2009

Sutil polvo dorado

Salí temprano, acompañada de los perros. Hay que romper esquemas, le dije a la nueva yo que estoy tratando de crear. Mezclando varios ingredientes, la noche anterior había realizado un ritual personal en el cual puse todas mis intenciones para amasarme de nuevo, reinventarme, ya que como las serpientes, el traje que andaba vistiendo estaba deformado y decidí cambiar de piel. Así que al día siguiente, salí al monte. Nada como el equinoccio para los cambios. Decidí a subir a esa montaña donde nunca estuve antes, a pesar de que llevo varios años viviendo aquí. Una niebla matinal se posaba suavemente en la ladera, que comenzaba a reverdecer con el efecto del despertar que trae la primavera. Magueyes, nopales, lechuguillas, garrochas, palmas y lo más sorprendente: flores de todos los colores. Creo que pocas cosas son tan asombrosas como el poder observar una flor en medio de las espinas, con tonos brillantes, erguiéndose orgullosa ofreciendo su belleza al sol y al viento. Al llegar a la cima, me recosté entre las piedras. Desde allí se divisa el cerro sagrado, el desierto, el pueblo y las montañas de la sierra de Catorce. Me coloqué en posición fetal y me dejé abrazar por la energía del planeta. Luego, me puse a observar las figuras que formaban las nubes. Encontré algunas muy interesantes: una piedra rodeada de éter y el ala de un fénix. Qué agradable sensación de paz. Desee con todas mis fuerzas en ese momento ser capaz de dejar atrás todos mis apegos, tan completa me sentía con esa maravilla a mi alrededor. Los perros se recostaron a mi lado, fieles compañeros y con el pasar de las horas, el sol fue calentando de a poquito mis entumidos huesos. La bajada fue más complicada. Estuve a punto de caer al vacío, pero con prudencia logré volver. Luego me fui a pueblo con una flor apoyada en la mejilla y la tarde fluyó diferente. Es increíble como un acto tan sencillo puede cambiar la realidad. Basta sólo dejar entrar un poco de magia en nuestras vidas. ¿La magia? La magia es una cosa muy seria. Un modo diferente de interpretar las cosas, una manera más interesante y más creativa de lo común porque combina el arte con el gusto de jugar con la materia. La magia es algo que nos transmuta. El arte nos cura. El proceso creativo lleva en sí un inmenso poder de transformación. Eso lo dice Terzani que es uno de mis autores de cabecera. Así que por qué no convertirnos todos en hechiceros de nuestra realidad, en alquimistas, en juguetones duendes para transformar la sordidez en belleza, para reír en vez de llorar, para gozar en vez de sufrir. Claro, ahora que estoy aquí escribiéndolo pareciera tan sencillo, una básica fórmula a conjurar en momentos aciagos. La realidad se impone con fuerza avasalladora y lo cotidiano, muchas veces no da tregua; porque es más fácil sentarse en esa cómoda y cálida sillita que salir a ver el mundo desde otra ventana. Dice Jodorowsky, otro que pernocta en mi mesa de luz, que en general los comportamientos humanos están motivados por fuerzas inconscientes, cualesquiera que puedan ser las explicaciones racionales que les atribuyamos después. El mismo mundo no es homogéneo sino amalgama de influencias misteriosas. También dice que es posible, a través de actos creativos y conscientes enviar mensajes al inconsciente para sanar. Yo creo en sanar no sólo como individuos sino como grupo. Poder dejar atrás las nubes radiactivas que se vislumbran cada vez más cercanas en el horizonte de los tiempos venideros. Y que la violencia y la oscuridad no imperen o predominen por sobre todas las cosas. La magia, definitivamente, es necesaria en este proceso. Y para ello debemos dejar atrás la racionalidad y las explicaciones que pasan a través de la mente. Por eso, cuando crea imposible continuar, cuando una espuma grisácea codicie envolverme en su manto de olvido, quiero cerrar los ojos y volver a la montaña. Dejar que el viento acaricie mis dudas y las nubes sigan susurrándome secretos y ecuaciones para resolver el enigma, a dónde está la salida del laberinto de espejos. Y que el ala del fénix baje desde lo alto a tocar mi cabeza con sus plumas tornasol para que los ojos resplandezcan ante la maravilla de la vida y que un sutil polvo dorado me impregne la nueva piel.

sábado 21 de marzo de 2009

Eutanasia

De parte de Miguel Sirio
Anoche mi mamá y yo estábamos sentados en la sala hablando de las muchas cosas de la vida... entre otras... estábamos hablando de la idea de vivir o morir. Le dije: 'Nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo, prefiero morir. Entonces, mi mamá se levantó con una cara de admiración... !!!!!!!!!!!! !!!!!!!!! !!!! Y me desenchufó el televisor, el cable, el sky, el DVD, la computadora, el nextel, el ipod, el stereo, el mini split, el Xbox y me tiró todas las cervezas! Putamadre .... CASI ME MUERO!!!
La paz es posible.

miércoles 18 de marzo de 2009

La nube radiactiva

Las Vegas 7 km, anunciaba el pequeño letrero a la orilla de la carretera. Era temprano en el desierto. Llegué a ese lugar porque distinguí por ese rumbo una enorme nube negra, contrastando con los tonos anaranjados del amanecer. Algo se estaba quemando allá. Encontré una malla ciclónica y una garita pequeña, donde un guardia entumecido me observaba con curiosidad. Me bajé del vehículo y caminé hacia él. Salió a buscarme y preguntar que se le ofrece a usté. Tenía un arma colgada del hombro, caray. Sólo estoy paseando le dije. Me explicó que ese era un rancho de jitomates, propiedad privada y que no podía pasar. Mientras, en el cielo la nube iba gradualmente esfumándose y con ella mis ganas de seguir adelante en vista de tal recibimiento. Como que algo se está quemando ¿no? Yo no veo nada, me contestó. Bien, mi desarrollado sentido de la oportunidad, junto con la cara del señor y una fuerte sensación comúnmente conocida como mearse en los pantalones, me animaron a dar la vuelta y volver por donde había llegado. Rancho de jitomates, si cómo no. Ya bastante lejecitos, un impetuoso gusto por la aventura me jalaba a regresar. Pero hube de dominar mis más profundas propulsiones y volver al mundo real. ¿Al mundo real? Pero si ese mundo es ahora parte de nuestra cotidianidad. Soldados que viajan en convoy, retenes en las carreteras, comandos armados hasta los dientes en la plaza, revisiones donde te esculcan hasta el monedero, voces aquí y allá. Descabezados y macabras cartas de advertencia escritas con sangre. Tiroteos afuera de las escuelas, motines en las cárceles, crisis individuales y grupales, pistolas en la secundaria. Un hombre mata a balazos a otro porque había mucho tráfico. Cuatro millones de personas pierden su trabajo en tres meses. El mundo a nuestro alrededor se está cayendo. Para ayudarnos a combatir el mal, más violencia, se declara una guerra. Definitivamente, los seres humanos no terminamos de entender. No hemos aprendido aún los preceptos de Gandhi, uno de las mentes más lúcidas que han habitado el planeta. “La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia. No hay camino para la paz, la paz es el camino. La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Secuestros, robos, asaltos, miseria, desempleo, muerte, muerte en Palestina, muerte en el mundo, extinción de flora y fauna, crimen, hambre que es otro tipo de violencia, crisis alimentaria mundial, transgénicos y nanotecnología puesta al servicio del poder y del dinero. Una catástrofe completa. Por eso no me extrañó que en el microcosmos desertero, que no es sino un reflejo del macrocosmos de allá afuera, se apareciera en medio de la nada una nube radiactiva. Me pregunto si no será una manifestación física del caos en que estamos inmersos.